“DESENCUENTRO FUNDANTE”
-Eliana, Artaza.
Ella pasaba a la misma
hora, en el mismo lugar todos los días, siempre con la cabeza baja, tensa, con
cuidado de no mirar mucho más allá del piso. Desde lejos notaba la tensión
de su cuerpo, puños cerrados, apretando tan fuerte que seguramente dejaban marcas. Sus ropas eran
tan grandes que su silueta se perdía, la ocultaban del mundo. No me pareció
raro en invierno, pero cuando las flores volvían a nacer y el calor asomaba,
dejándonos a todos con agua corriendo por el rostro, ella seguía portando ese
armamento de ropas que la camuflaban de todos. Fue ahí cuando se volvió un
enigma en mi vida, no comprendía, como seguía con tal abrigo en días con 40 °
de temperatura. Empecé a observarla cada vez más, quería saber si algún día su
mirada dejaría el suelo, si sus puños se abrirían, si dejaría de tener frió, o
si miraría aquella gran casona, vieja, deteriorada; con grandes puertas de
madera, ventanales altos, hoy cubiertos de hongos, arañas y sombras. Llena de
tanta obscuridad que con el paso de los
años se fue desdibujando, velando. Aquel
lugar me recordaba a ella, ambas estaban pérdidas, ambas cedían con el paso del
tiempo. Nadie las miraba detenidamente, nadie preguntaba sus historias.
¿Quiénes habitaban sus
espacios? ¿Que se escondía detrás de esos muros de piedras y ropas?
Ella transitaba día
tras día, y todo seguía igual, sin levantar la vista, apretando sus puños,
omitiendo el mundo. Pero una tarde gris con un velo de gotas que dificultaban
mi visión, ella se detuvo frente a la gran casona, su mirada dejo el suelo y se
elevó, sus ojos eran hermosos y
tormentosos; de color semejante a las nubes obscuras que cubrían el cielo aquel
día lluvioso. Se quedó allí, impoluta, su rostro no dejaba ver atisbo de
sorpresa, asombro o miedo; simplemente parecía conversar de forma silenciosa
con aquel territorio de sombras. En un momento su cabeza comenzó a girar de
forma brusca, parecía negar con cada
movimiento, sus manos de repente liberaron la tensión y cubrieron su rostro,
como quien cubre un grito eminente, no podía verlo, pero por alguna razón sabía
que esa pobre mujer estaba llorando desoladamente. La vi correr, pero mirando a
sus espaldas, mirando la casona, y por primera vez vi en ella indicios de una
emoción, miedo.
Esa noche no conciliaba
el sueño, el acaecer del tiempo se vio sosegado. No podía sacar aquella mirada
de mi mente estaba instalada allí, me hacía ruido, mucho; no entendía el porqué
de mi inquietud, de la tensión en mí. En el trascurso de la noche todo empeoro,
no solo mi mente reflejaba esa congoja,
mi cuerpo comenzó hacer estragos, mi estómago se sentía tan apretado,
que el dolor me quitaba el aire. Hace tiempo que no sentía tal malestar. Cuando
la noche llego a su fin, me sentía en penumbras, no podía ponerme de pie.
Quería ir al encuentro de aquella mujer, necesitaba saber si había vuelto a su
postura impasible, si ocultaba aquella emoción encontrada recientemente; sin
embargo mis deseos no estaban de acuerdo con mi cuerpo, que parecía decidido a
impedirme ir al encuentro de la joven. Después de horas deje de luchar y fue
ahí cuando caí en un sueño profundo e inquietante.
Dormí todo lo que
restaba del día, en el momento en el que abrí los ojos el sol recién asomaba su
rostro. Mi cuerpo al parecer no sería mi enemigo esa mañana; Salí por primera
vez en años al encuentro con aquella alarmante muchacha. La espero todo el día
pero ella no apareció, me asuste, pero la seguí esperando hasta que el sol se
refugió en las penumbras. De regreso a mi casa decidí pasar por la aquella
extraña casona, tal vez vería aquello
que perturbo a la joven; pero al llegar me topé con un grupo de gente para fuera de ella,
murmuraban entre ellos, sus rostros reflejaban desconcierto, tal vez el mío
mostraba exactamente lo mismo, porque no podía entender lo que aconteció aquel
rejuntadero de gente. Me acerque
despacio, con cuidado de no interrumpir los murmullos, mire a mí al rededor y
vi a una señora mayor, era la única que se encontraba sola, y su rostro a
comparación del reto, incluyéndome, mostraba benevolencia. Llegue a su lado, me
observo, el espacio se llenó de palabras sin decir, el mensaje tácito estaba
ahí, comenzó a atisbar mis ojos y habló.
Cada palabra que salía
de sus labios me golpeaba con un escalofrío que comenzaba en mi cuello hasta
las puntas de mis dedos. Me contó que la gran casona ahora albergaba otra
historia mas, la de una joven muchacha que cansada del dolor que le infligía su
familia, decidió entrar la noche anterior, subir las escaleras, atar una soga en su frágil
cuello, y saltar, dejando atrás una vida desigual, llena de sufrimiento;
saliendo de un caparazón que ya no la defendía del día a día. Me congele en el
sitio; no podía creer lo que relataba aquella mujer, era ella, o era otra
desafortunada joven, no quería que fuese ella. “Ahora la notan” susurro la
mujer mirando al frente, seguí su mirada, y el mundo vibro bajo mis pies; allí
estaban, las puertas que estuvieron cerradas por años, ahora se encontraban
abiertas, dejando ver el cuerpo de aquella joven sumergida tanto tiempo en la
oscuridad, y que ahora parecía flotar, liviana, sin carga.
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